¿Querí ir al cine?
Vacaciones de invierno es sinónimo ocio y ocio es sinónimo de cine. Ayer tuve la oportunidad de ver una película en “movieland”, una especie de embajada de Estados Unidos, muy gringo, con “popcorns” requete yanquis, con extra no se qué, mega ultra bebida + 990 y unos pobres trabajadores explotados, con cara de “me quiero ir pa´ la casa ahora now”, además yo me comportaba como un huaso de campo, no sabía para dónde ir, qué decir, dónde pagar… qué hacer… Pero bueno. He aquí el momento que hago un alto y vuelvo al pasado. Flashback.Cómo olvidar (JM) al popular “Cine Central”, donde el segundo piso era un motel y servía para tirar lo que fuera a las butacas de abajo… deleite para pelusas como yo. Ese lugar tiene algunas historias interesantes de contar, pero me detendré en una en particular.
Año 1996. Estaba en séptimo básico (“sétimo” para algunos) , 5ºB, y como todo niño ya comenzaba a ver a las niñas del sexo apuesto no sólo como rivales, lloronas y todo eso… ahora ya las miraba de otra forma, pero NO a todas. Y ese era el problema, típico que la que te gusta no te pesca y adivina a cuál tú le gustas… sipo… a esa misma, la gorda del curso.
Por dentro era hermosa, la mejor compañera, hacía las mejores fiestas (de disfraces), todo bien… bueno, era gordita, pero buena tela, el problema era cuando sus intenciones de “amistad” cambiaban y yo era su elegido, su príncipe azul y ella… mi “fiona” por decirlo menos.
Voy a omitir nombre, pero si les contaré que era gordis, así tipo nana del “conde patula”, igual de cariñosa, pero yo no quería ser su conde.
Era invierno y la única entretención después del colegio era su buena pichanga de fútbol con vecinos o compañeros. Pero uno de esos días, junto a mis dos amigotes del curso organizamos una pequeña bromita a esta niña.
“Jurasic Park” fue la excusa para invitar a mi enamorada al cine, obviamente la película no sería lo más importante, sino la consumación del amor. La broma era perfecta, invitaba a la gordis al cine y la dejaba plantada, así nunca más me molestaría.
Y así fue, como todo un caballero la invité oficialmente frente a todo mi curso. Ella feliz aceptó. Comentan las malas lenguas que fue la única vez que se bañó.
La cita había quedado pactada para las 4:00 pm, yo le decía que fuera puntual, porque estaría diez para las cuatros clavado allí. Ella se fue corriendo a su casa, nunca supo lo que iba a pasar.
A eso de las 3:00 pm uno de mis amiguitos me llama y me cuenta que una pichanga nos esperaba en pocos minutos más, así que debía apurarme porque el partido de fútbol no podía esperar, pero, ¿ella?... ¿la invitación al cine?... La broma estaba consumada. Lamentablemente nunca se me pasó por la mente ir al cine central a las cuatro de la tarde, ni en mis mejores sentimientos. Fuí malo.
Como dice la canción… Y se dieron las 2 y las 3 y las 4… las 5 y las 6 y las 7 y las 8… (Joaquín Sabina, gracias) y nunca aparecí. El mito cuenta que “ella” espero hasta las 1 de la madrugada.
Al otro día el mundo se me vino encima, todos en contra mía… yo sólo fui utilizado por esos dos monstruos de compañeros que tenía. La había dejado plantada.
La gordis me odió, aunque no por mucho tiempo, porque finalmente el amor se consumó en una de esas fiestas de disfraces…
Aún te recuerdo.
¿Vamos al cine?



